domingo, junio 08, 2008

Telefónica II o Viajamos hacia el futuro a un segundo por segundo

Esta semana ha habido novedades aparte del cambio de fecha, cosa que es de agradecer (hablo del cambio de fecha, que no mola estar Atrapado en el Tiempo, las novedades ya llegaban caducadas).

Demostrando que las casualidades no existen y que la voluntad propia (o prestada, pero sigue siendo propia de alguien) moldea la realidad que percibimos, a las pocas horas de hacer pública mi carta de amor no correspondido recibí la llamada del ahorro que esperaba: El Lunes por la mañana recibiría la ¡cuarta! visita de un técnico de Telefónica.

Así a las 9 de la mañana recibí al técnico, que en un detalle de gran profesionalidad y que denotaba confianza, me dio mi nuevo número y el de su móvil del trabajo, por si se daba el improbable caso de que tras bajar él a la arqueta a conectarme no funcionara algo.

Como todos sabemos, los hechos uno entre un millón tienen una probabilidad de ocurrencia mucho más alta de lo esperado: no funcionó. Sonaba el timbre pero ni tono ni voz ni nada.

El culpable era el PTR que me instaló el primer técnico allá por Julio. No quiso cooperar y tuvimos que amputar (el PTR, no el técnico).

Desde entonces tengo teléfono, pero sigo manteniendo la encuesta porque sigo sin poder contratar ADSL. Según dicen en el 1004 se tarda entre 24 y 48 horas en que una nueva alta quede reflejada en su base de datos y se pueda tramitar el alta de ADSL. A estas fechas mi teléfono sigue sin estar en la base de datos.

Así que he vuelto a llamar a Telefónica a preguntar qué hay de lo mío, de explicar a los operadores que un máximo de 48 horas a partir de un Lunes sí se ha superado un Jueves por la noche, que si la única explicación para el retraso es una incidencia y no les consta que ya esté informada deben informarla ellos y que estoy segurísimo de que tengo el teléfono operativo pues les llamo desde él.

Qué agradable es la rutina, la rutina de las llamadas, la rutina de las recargas del saldo de Yoigo, la rutina de preguntar a los vecinos por si hay noticias (que tanto unen en la indignación a la comunidad), la rutina de deletrear mis comunes apellidos, la rutina de comprobar que otros operadores no me ofrecen cobertura propia y de que estoy tan enfadado que ya no me lo puedo tomar ni con humor.